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¿Paracaídas y motos? Un riesgo colosal

¿Paracaídas y motos? Un riesgo colosal

Desde tiempos muy remotos el ser humano ha intentado explorar los límites de lo físicamente imposible. Algunos locos pioneros han pasado a la historia victoriosos después de desafiar la lógica en busca de la gloria. Por desgracia, otros han tenido resultados fatales.

Uno de estos desafíos, en el cual se reta a la muerte, surgió con los saltos de altura y la necesidad de amortiguar la caída de algún modo. En la historia se tiene registrada la hazaña del filósofo, científico y multifacético Abbás Ibn Firnás, quien, en el año 852, decidió lanzarse desde una torre de Córdoba usando una enorme lona para amortiguar su caída. Sobrevivió, pero sufrió heridas graves. Debido a esta hazaña, este personaje es considerado el creador del primer paracaídas.

El paracaidismo se hizo popular y muchos trataron de practicarlo. Pero no fue sino hasta el 22 de octubre de 1797 cuando André Jacques Garnerin logró realizar el primer salto con éxito documentado desde un globo de hidrógeno, a una altura de 350 metros sobre París, ante miles de espectadores que quedaron maravillados con este acto.

Desde entonces sus actuaciones se convirtieron en un verdadero show y fueron muy populares. Su fallecimiento no se debió a un mal salto, como piensa la mayoría de la gente, sino que fue a causa de un golpe que se dio en la cabeza con una viga mientras preparaba un ascenso en globo.

Para principios del siglo XX las motocicletas ya habían adquirido una popularidad sorprendente. La obsesión por montarlas invadía las mentes de los ciudadanos más aventureros, quienes, al ir explorando los límites de la velocidad, hicieron que surgieran las primeras carreras organizadas. Otros se volvieron amantes de estos vehículos por el símbolo de libertad y fuente de adrenalina que representaban.

En 1912 Franz Reichelt, un costurero, saltó al vacío desde uno de los niveles intermedios de la torre Eiffel con su moto equipada con un paracaídas hecho a mano en su casa. El hombre murió en el acto, pues su paracaídas no funcionó como él esperaba.

Corría el año de 1926 cuando Fred Osborne, un piloto de aviones, pero que  amaba conducir motos, dio muestra de un acto de gran heroísmo. Durante una exhibición de aviación en el aeropuerto de Clover Field, Santa Mónica, una joven paracaidista que se disponía a saltar desde un avión quedó atrapada entre las cuerdas de su paracaídas en el ala del avión al intentar lanzarse. Fred Osborne, en compañía de Bobby Johnson, en cuanto se enteraron de esta desgracia, despegaron para ir en su ayuda. Fred realizó una maniobra de equilibrista y, después de unos cuantos pasos por el ala del avión, pudo librar a la paracaidista y volvieron a tierra sanos y salvos.

Un año después, en 1927, Fred Osborne decidió enfrentarse al mayor reto conocido hasta entonces en el mundo de las dos ruedas: saltar con una motocicleta al vacío y salir ileso gracias a la ayuda de un paracaídas. La idea no le parecía demasiado complicada, y tenía todo lo que se podía pedir en un acto épico: velocidad, riesgo, altura… y también una probabilidad de muerte sumamente elevada.

Una vez que el americano eligió cuidadosamente su escenario, el acantilado de Huntington Cliff a las afueras de Los Ángeles, comenzó a publicitar su acto.

Era noviembre y las condiciones eran perfectas. Fred preparó su equipo, se aseguró de que los arneses estuvieran bien sujetos a su cuerpo, arrancó su moto y se enfrentó al momento definitivo, sin más medidas de seguridad que un jersey  y una dentadura sin incisivos superiores que daba cuenta de sus antecedentes como acróbata.

Fred aceleró hasta una velocidad de casi 100 km/h sobre un camino de tierra y se lanzó sobre una rampa. Ni la trayectoria de despegue ni la velocidad fueron las necesarias para que Osborne pudiera triunfar en su acto. Voló sobre el precipicio de una manera bastante precaria, y cuando trató de abrir el paracaídas, ano hubo tiempo suficiente para que el paracaídas se desplegase  para hacer su trabajo, por lo que Osborne se estrelló en el suelo. Para su fortuna, unos cables que se cruzaron en su trayecto ayudaron a amortiguar su caída.

Cuando su cuerpo yacía sobre el suelo los espectadores corrieron hacia él, y aunque todos pensaban que hasta ahí había llegado el aventurero Osborne, para su sorpresa se encontraron con que el hombre estaba vivo, herido, pero consciente, mientras que su moto ardía entre llamas sólo unos metros más allá. Osborne fue trasladado al hospital  en estado crítico y los médicos lograron salvarlo para que pudiera contar al mundo su hazaña. Obviamente, nunca volvió a intentarlo.

Ya sea Fred Osborne, Evel Knievel, Travis Pastrana, o Brad O’Neali siempre habrá amantes del peligro en el mundo de los amantes de la aventura, lo único que cambiará será la magnitud de sus actos.

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